Mostrando entradas con la etiqueta Escritos raros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Escritos raros. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de marzo de 2012

Inestabilidad.

Saber que en cualquier momento tendrás ganas de mandarlo todo a la mierda (o que lo harás en caso de estar suficientemente fúrico) , no confiar en nadie porque a veces te cuesta incluso confiar en tu propia "cordura" (y por consiguiente, tener pocos amigos), aburrirtey obsesionarte tan rápido que marea, tener dificultad para concretar ciertas cosas, que tus estados de ánimo parezcan un semáforo... eso es, básicamente, la historia de mi vida.

Y no lo digo como drama, ni con ganas de justificar mis acciones... o bueno, quizás si. Lo de justificarme, no lo del drama. Es así. Mi cabeza es uno de los pocos sitios relativamente seguros para mí. Obviamente, no es porque sea el sitio más esponjoso del mundo, es simplemente porque sé, de cierto modo, a que me enfrento. Antes me dolía estar tan sola, ahora no estoy sola pero no puedo expresarme tanto como quisiera con la gente que está a mi alrededor. 

Incluso aunque los quiero muchísimo, incluso aunque les tengo un poco más de confidencialidad que a cualquiera, no puedo desvelarme con la misma facilidad que antes, no puedo decirles por que estoy llorando si me encuentran haciéndolo, por que a veces sencillamente no quiero ni verles la cara, por qué a veces respondo cosas extrañas en voz alta. Tampoco puedo guardar interés por la mayoría de las cosas por mucho tiempo ni mantener relaciones, porque todo son unos malditos alti bajos que no hacen más que fastidiarme la vida.

Y eso.
Pero aprendí a aceptar que lo soy, que soy una inestable de porquería, que nada dura para siempre, que las cosas no son eternas ¡mucho menos en mi caso! y dejé de mortificarme tanto por pasar de la euforia a la depresión en cuestión de minutos por hechos arbitrarios. Hice a un lado la idea de que tenía que estabilizarme totalmente si quería ser feliz, busqué mi propio camino de paz mental, me moderé hasta donde pude. El negrismo sigue formando parte intrinseca de mi misma, pero creo que, de algún modo, todo comenzó a mejorar cuando asumí quien soy y dejé de esperar que los demás hicieran lo mismo, o peor aún, que cambiaran.



yay.

lunes, 20 de febrero de 2012

Estamos solos en la casa; el resto de la gente se ha ido a la piscina. O algo por el estilo. He alegado estar cansada, o tener flojera, o alguna tontería por el estilo. Mi madre ha intentado convencerme sin demasiado éxito, pero ya he estado todo el día molestando a mi tía, caminando por allí y fastidiándote. No entiendo, la verdad, como no han sospechado que ambos queramos quedarnos. Probablemente es porque no parezco interesada en tí... o que he sabido disimularlo, o que mi madre jura que creo en la monogamia, me da igual.

Estamos en un dormitorio, charlando en la cama sobre alguna nimiedad musical, o algo por el estilo. El ambiente cambia cuando terminas aferrándome otra vez contra ti.

Tu sonrisa se ensancha; con la mano libre me sujetas la barbilla, metiendo tu lengua en mi boca sin el más mínimo recato. Te detienes para morder con fuerza el labio inferior, mordisqueando a lo largo hasta dejar inflamada la zona.  De un solo golpe me arrojas a la cama haciéndola hundirse... amo la sensación de tú calidez contra la mía. Lames mi cuello y pareces divertirte con los gemidos que trato de ocultar sin éxito. Hay muchos moretones, todo es brusco, con un aire animal que francamente me fascina.
Estoy distraída con el paseo de tu lengua sobre mi cuello, aún así me doy cuenta de que me amarras con unos nudos pre hechos, retirando mis manos de tu torso. Cuesta un poco, ya que estoy embelesada, repasando los contornos de tu abdomen, pero al final lo logras. Mala suerte.

Sigues bajando hasta llegar a mi pecho, retirando con celeridad la blusa hasta dejarla sobre mi cabeza. Arrancas el sujetador con la misma tosquedad con la que me tiraste sobre la cama, cortando bajo un pecho para lamer la sangre, desesperándome …¿por qué no vas directo al punto? Además, uno de mis sujetadores favoritos al demonio.

Vuelvo a abrir la boca, e introduciendo tu dedo sangrante para mi diversión,  desabotonas el jean, tirándolo al otro lado del cuarto antes de amarrarme también los tobillos. Me siento indefensa y vulnerable cuando te alzas un poco para mirarme casi desnuda, sonríes de nuevo como enseñando los colmillos. Vuelves a inclinarte sobre mí para cortar el blumer, dejando mi cuerpo completamente descubierto. Siento la sangre subir a mi rostro cuando comienzas a acariciarme de un modo menos brusco, lamiéndome e introduciendo un dedo dentro de mí, haciéndome soltar un pequeño grito; espero los vecinos se hagan de la vista gorda.  


-borrador.

lunes, 23 de enero de 2012

No es lógico, la verdad, que uno de los seres más egocéntricos del planeta se mira al espejo y hace una mueca. Esto esta sobrando, a esto le falta, mi cabello es un desastre... etcétera.
Los días son más lindos cuando está escuchando Shattered Faith y se mira al espejo diciendo "oh, que hermosa me veo brincando como si estuviera drogada".
Entonces da mil vueltas, bate la melena, sigue con su euforia causada por endorfinas e intenta pintarse, sin éxito, las uñas. Están los días en que simplemente pasa de todo, se pone los primeros jeans que consigue y le da exactamente igual como luce.


Se tortura a sí misma con comparaciones, suspira para calmarse, se repite a si misma lo hermosa que es, sin importar que no encaje en los cannones estéticos establecidos por la sociedad, que no luce como anoréxica, un montón de cosas más. Termina por creérselo, en parte, pero los demonios siguen allí, atormentándole sin que se dé cuenta, dispuestos a atacarla ante la más mínima duda.


Los días en que se siente rebajada siguen siendo escasos, a veces aumentan, a veces desaparecen, pero siempre vuelven para fastidiarla. Entonces suelta algunas lágrimas sobre los jeans desgastados, sabiendo que el ser diferente pesa en su autoestima.
Luego vuelve a repetirse lo mismo, se siente estúpida por sentirse poco atractiva, pues, en realidad, sabe que no es "fea", solo que la ira le nubla los sentidos, le cuesta ser objetiva.
Su cabello no está tan mal, la ropa no la hace ver como chico.


Es preciosa, y sabe que, algún día, los días de sentirse un desastre estético no volverán nunca más.


(Si creen que es auto biográfico, allá ustedes; cualquier parecido con mi la realidad es simplemente una coinciencia, de verdad.)

Venezuela.

Caminar por las calles mal asfaltadas y ver como el verde trata de apoderarse, con un éxito relativo, de cada ranura en los pequeños edificios, es amor. Un cielo extremista, que puede pasar del inmaculado azul al gris rebelde, plagado de nubes que amenazan una lluvia tan breve como intensa, nos cubre por completo.Sonreír, pues el aire que respiramos es, aún, suficientemente puro, a pesar de que stamos acostumbrados a ver basura en las esquinas. Transculturización sin pérdida total de nuestras raíces que se percibe a través del léxico lleno de groserías criollas y jergas carcelarias, vergüenza mezclada con condescendenciaal ver el espectáculo corriente de una madre adolescente.

Somos un hervidero de vida, aunque algunos estén robotizados. Hemos perdido turismo porque la gente teme a la delincuencia de nuestro país.Yo puedo caminar bajo los extasiantes colores del ocaso por una calle vacía sin que el pánico se apodere de mi cuerpo, sin temor total a que en una esquina un arma amenace con poner fin a mis días, a pesar de que se considere irracional.
Somos colores y dolor, somos libertad reprimida, pensamientos poco expresados, personas diferentes ocultas entre la masa. Nos hacemos escuchar entre las críticas a nuestra ignorancia.
Hay decepciones, hay desperdicios de espacio en abundancia. Pero entre ellos, como seleccionados a propósito, entre generaciones de porquería, hay esperanza.

Desiertos, montañas con nieve y costas con un infinito horizonte de océano, arenas blancas, oleaje suave. Arco iris que aparecen de la nada e igualmente se van sin dejar rastro, crepúsculos psicodélicos, un jardín de estrellas, Asier Cazalis y David Donoso decorando con sus voces tu caminata alrededor de la fuente en plaza venezuela, nuestra imaginación haciendonos visualizar un mundo en el que el río Guaire tenga aguas cristalinas.

En la variedad está el gusto y considero que somos un delicioso arroz con mango.
Venezuela ♥

Amo y odio mi país, sé que si tuviera chance me volaría de él sin pensarlo, pero recordando con suma nostalgia las arepas, la sensación de hogar y el hecho de que salir a comprar leche se convierta en una misión imposible dados los índices de criminalidad. Si, hay muchos desperdicios de oxígeno acá, lo asumo, pero también hay hervideros de creatividad, gente que podría llegar a dejar su huella.
Eso.

Estoy relativamente castigada hasta nuevo aviso, hasta que mejoren mis notas.

sábado, 12 de noviembre de 2011

El reloj de pared, anunciando las seis veintitrés
El pasado con sed, y el presente es un atleta sin pies.

Sentado en la esquina del mugroso apartamento, podía sentir como el frío colándose a través de las ventanas de rotos cristales, que dejaban pasar algunos copos de nieve al piso de linóleo manchado.
Tenía un cigarrillo en la mano y lo degustaba lentamente, a sabiendas de que, cuando se acabara, se habría acabado toda la caja, e incluso acaso algo más.
Sentía como se adormecía poco a poco. Ya no sentía los dedos de los pies, envueltos en aquel par de tenis gastados; alguna vez habían sido rojos, pero la tela se había tornado descolorida, adquiriendo uno de los múltiples tonos de gris que ahora teñían la mayoría de su vida.


Ya son las seis cuarenta y tres y el cadáver del minuto que pasó
Me dice “así se vive aquí te guste o no”
Y la nostalgia pone casa en mi cabeza
Y dan las seis con cincuenta…


El humo formaba figuras irreales en el aire, muy similares a los demonios que lo atormentaban en sus comunes pesadillas, que desde hacía un tiempo habían venido a fastidiarle cuando tenía los ojos abiertos. La figura más grande se tornó densa, convirtiéndose en un ser difuso e intoxicante que le dirigió una sonrisa descarada que transformó la habitación en un cuarto irreal, a pesar de que más allá estaba la mesa, llena de papeles estrujados, junto a una silla cubierta de telarañas. En aquella mesa, estaba su foto; la única prueba verdadera de que aquel rostro consumido alguna vez había sonreído.


¿Quién dijo que yo, era el sueño que soñaste una vez?
¿Quién dijo que tú, voltearías mi mundo al revés?


La ceniza del cigarro cayó sobre la piel morena, manchándola. Pero no se inmutó, ya fuese porque esta estaba muy manchada para que importase, o porque estaba muy distraído mirando a aquel fantasma de nicotina como para hacerle caso.“Ella se fue”, murmuró, echándoselo en cara mientras acariciaba sus alrededores, “ella se fue y no volverá jamás”.Su cabello negro, cuyo fleco le tapaba los ojos cerrados, ya que hacía semanas no lo cortaba, se movió hacia un lado. El adormecimiento había llegado a la parte superior de sus piernas e incluso estando sentado, se sentía débil.Trató de incorporarse, haciendo caso omiso a los, ahora, múltiples demonios que reían a su espalda. Cayó, sintiendo la cálida sangre bajar por su rodilla, pero volvió a levantarse. ¿A dónde iba? Hacía ya mucho que la puerta de su departamento había sido tapiada con tablas y clavos, para que nadie entrara o saliera, desde que clausuraron el edificio. Ya nadie sabía que estaba vivo, pues sólo ella había logrado verlo en realidad. Arrastró con esfuerzo su torso desnudo, sus tenis viejos y su cabello opaco hasta el marco, arrancando la puerta de sus goznes con una sola patada. Le dolió todo el cuerpo, pero pudo divisar las escaleras al final del pasillo ceniciento.


Ya Son Las 7:16,
y el cadáver del minuto que pasó,
me dice; Tu estrategia te arruinó,
No queda más que ir aprendiendo a vivir solo...
Si te Quedan agallas.

Cada paso era una tortura, pero no quiso detenerse. Al final, empujó la reja que daba a la azotea nevada. El piso resbaladizo era perfecto para simular un accidente, pero el no quería simular nada. Miró hacia abajo desde el borde. Nada se detendría si él lo hacía.
Cerró los ojos, recordando las pecas en su rostro pálido, sus expresivos ojos castaños, los hoyuelos que se formaban en su rostro cada vez que sonreía, antes de arrojarse al vacío.


La casa no es otra cosa
que un cementerio de historias.
Encerradas en fosas
que algunos llaman memorias.


(Inspirada en la canción "Minutos", de Ricardo Arjona)

lunes, 7 de noviembre de 2011

Bueno...

La cosa está así:


Lleva un clip en la oreja y un alfiler en la otra. Las únicas "pulseras" que traew son un par de ligas para el cabello que tiene flojera de quitarse... no se las va a poner, aunque tenga el cabello hecho un desastre; ama ese desastre. Su bebida es un vaso grande de coca-cola con limón. A todo termina poniéndole limón.

Usa lentes para leer, a pesar de que se ve como una imbécil, le gusta aislarse con ellos. No pertenece a ninguna tribu urbana, a pesar de que la han encasillado en todas las existentes. La llaman anarquista, rara y satánica, no puede pasear por allí sin que le griten "bruja" y jurarían por sus madres que practica quiromancia. Ya está acostumbrada, así que rara vez les hace caso.
El apodo Morticia le causa risa, pero terminó agradándole.
En su colegio no le gusta nadie y tiene un fetiche con los tipos pálidos de cabello oscuro.
Quejarse le divierte aunque no lo haga de verdad, le duele a menudo la cabeza y dejó de comerse las uñas hace años porque le daba asco. No tiene padre, sólo mamá y un vagabundo que la visita cuando está consiente.
Ama a sus tres perros, le gustan tres personas, tiene tres hoyos sumados de orejas y tres mechones de cabello rojizo natural. Puede llevar tanto una polera de metallica como un conjunto "bonito" de igual manera. No sigue las tendencias de moda, ni de nada.
Ella es un ser humano, aunque vista de lejos se asemeja a algo bastante más raro.

lunes, 24 de octubre de 2011


No debería estar allí, no. Pero era eso o estar semanas aguantándola quejarse sobre que jamás iban a ningún sitio divertido, y eso realmente era hastiante. ¿Qué acaso no entendía que ella odiaba el bullicio? Ese no era su ambiente.
La casa era grande. Ella se encontraba recostada en una esquina oscura, lo más alejada del bullicio posible, con una botella de cerveza en la mano. Supuso que por allí andaría Bárbara, hartándose de alcohol o liándose con algún pela gatos. Realmente no le importaba, no conocía a nadie allí, tampoco nadie la conocía y dudaba que alguien se interesase en aquella figura delgada que trataba de rehuir de la multitud. Hacía frío, además, la ropa no ayudaba.

Alguien se acercaba hacia su posición. No podría tener otro objetivo más que hablarle, puesto que cerca no había nada, ni el equipo de sonido, ni alcohol… nada en absoluto. Tragó saliva.
Era un chico. Lo había visto apenas entrar, estaba riéndose con otros muchachos de su edad, bebiendo. Bárbara la había presentando, pero ella no pudo mirar a los ojos a nadie.
Pero al parecer, él si la había mirado a ella, no entendía por qué, pero allí estaba, colocando su brazo a un costado para impedir, sutilmente, que lo evitara o tratara de irse.
―Intégrate a la fiesta.

Era bastante alto, a su parecer guapo, con facciones masculinas y marcadas. Tenía los ojos oscuros, más que ella incluso, al igual que su cabello lacio, que aunque parecía planchado, le quedaba muy bien. Llevaba un pañuelo de guerra palestino atado al cuello, y el resto de su ropa transmitía sensación de buen gusto. La hizo sentir disminuida; él de seguro estaba acostumbrado a esos lares. Ella, con su ropa random y sus ojos marrones opacados con el brillo del miedo, no tenía nada que hacer en ese lugar.
―N-no me gustan las fiestas ―alcanzó a susurrar, tratando de salirse por un lado. Pero él la retuvo, esbozando una sonrisa seca.
Esperó a que se fuera, que la dejara sola, pero parecía más que divertido con su actitud de conejo asustado.
―¿Entonces, para que viniste? No parecías muy animada cuando te presentaron.
―B-bárbara me obligó a venir…―musitó, jugueteando con los dedos alrededor de la botella ―, pero ya debería irme…
―Vamos, apenas son las once, quédate un rato más, quizás podríamos divertirnos juntos.
Seguía sonriente, y se acercó hasta su cara hasta llegar a un punto en que parecía desconocer los términos de “espacio personal”. Puso los labios muy cerca de su oído, haciéndole cosquillas con su respiración.
―Oye, ¿quieres sexo?

No era una persona con tendencia a sonrojarse, pero en ese momento se le subieron todos los colores a la cara. Su respiración se agitó, sintiendo como la atmósfera cambiaba a una expectante. Dejó caer la cerveza vacía, que no se quebró; rodó por el suelo de parqué hasta desaparecer de su vista en el fondo del salón.
Él esperaba su respuesta. ¿Qué decirle? La idea de rechazarlo no cabía en su mente, bastante ofuscada por las cinco cervezas que traía encima, pero, si le decía que sí, podría ocurrir algo malo.
Levantó la vista. Él la estaba mirando fijamente.
Volvió a tragar saliva.
―Yo…Esto…
―Nadie va a darse cuenta.
Como si estuviera tanteando el terreno, deslizó su boca con delicadeza hasta la suya, acariciándola con la lengua. Se quedó paralizada y cerró los ojos esperando que se alejara. Pero no lo hizo. Asintió con los nervios de punta. No volvió a saber nada, sólo que flotaba escaleras arriba. Abrió los ojos cuando la puerta se cerró.
Ya estaba medio desnuda, pero no recordaba haberlo hecho ella. Sentía unas manos bajar por su cuerpo hasta sus caderas, pegándole a él. Su pecho desnudo se notaba pálido bajo la luz amarilla de la única lámpara de la habitación. No lograba ver dónde había tirado el pañuelo, pero ya no tenía zapatos ni calcetines.
Ni pantalones.

Aún teniéndola contra su cuerpo, quería sentir más allá. Con una sola mano desabrochó el corpiño, pellizcándole los senos. Ella soltó un gemido, él se rió a la vez que la arrojaba sobre la amplia cama. Pronto enredó su lengua en uno de sus pezones, mordisqueándolo con perversión. Aún seguía como flotando, aturdida por lo que estaba haciendo pero suficientemente consiente como para sentir que aquel contacto delicioso le erizaba la piel.
Él siguió bajando, retirando –más bien, rompiendo- de un jalón el culot azul. Se subió sobre ella con cuidado de no aplastarla con su peso, procurando sostenerle la vista. Se deleitaba con la indecisión de sus ojos, pero él no estaba nada indeciso.

La lámpara de la habitación se apagó, dejando todo a oscuras, pero los gemidos y las respiraciones agitadas siguieron haciendo eco en el cuarto.


(Ahora que vuelvo a leerlo, la redacción me ha gustado mucho, es bonita.
Es sobre un sueño con Alesin que tuve hace tiempo que carecía totalmente de "realismo", exceptuando por un detalle que, espero, sea más que obvio.)